Nuestra historia
Clara se unió al coro de la parroquia una lluviosa tarde de Cuaresma. Gabriel tocaba el órgano y llenaba de música la nave vacía. Ella perdió la entrada dos veces; él sonrió sin apartar la vista del teclado, y Clara supo que ya nunca cantaría igual.
Durante tres años ensayaron codo con codo: villancicos de Adviento, aleluyas de Pascua y los himnos tranquilos de tantos domingos. Entre estrofas compartían un café en las escaleras de la iglesia y descubrían sus canciones favoritas.
Una mañana de fiesta, con la luz entrando por las ventanas altas y las campanas llamando a misa, Gabriel le pidió a Clara que unieran sus vidas para siempre. Ella dijo que sí antes de que el último repique se apagara en la plaza.