Cómo se cruzaron nuestros caminos
Nos conocimos una tarde dorada en el mirador del Valle, mientras Isabel dibujaba el perfil de la ciudad antigua y Rodrigo buscaba la misma vista para una fotografía. Él se acercó a preguntar por el sendero; ella le señaló la puesta de sol sobre el Tajo.
Durante dos años coincidimos una y otra vez en plazas adoquinadas, conciertos al aire libre y largas charlas de café mientras caía la noche sobre las murallas.
Una tarde de otoño, con las colinas teñidas de oro, Rodrigo le pidió a Isabel compartir cada atardecer a su lado. Ella dijo que sí antes de que la primera estrella brillara sobre la fortaleza.